domingo, 23 de septiembre de 2007

Sigfrido y el dragón.

Cuando alzó la mirada vio las fauces de la bestia totalmente abiertas dispuestas a acabarlo de una sola mordida, levantó la espada con su mano ensangrentada, la bestia mordió el acero y dando un alarido retrocedió sobre sus pasos. Sigfrido, con la espada en la mano, se dirigió hacia su víctima, levantó el filo y lo clavó en el pecho del monstruo, con un grito le perforó el corazón hasta que una cascada de sangre lo bañó totalmente, la bestia cayó inerte en el piso. Sigfrido vio un anillo de oro en medio de la sangre, puso una rodilla en el suelo para levantarlo, alzó la vista y vio al anciano mirándolo mientras se perdía en medio de la oscuridad de la ahora cueva del dragón.

Desde hacía tiempo cargaba con el anciano, ya desde su niñez lo conocía, pero lo acercó a sí el día en que, en medio de llamas, vio morir a su padre. El viejo le ayudó a salir de ese lugar ardiente, de ese infierno; gracias a el había podido sobrevivir, escaparon juntos de la masacre en la que Sigfrido lo había perdido todo, en ese momento se hicieron inseparables.

Durante años vagaron juntos por un largo camino y cuando alguna cosa que pudiera semejar un peligro se acercaba el anciano ocultaba a Sigfrido hasta que el desafío encarnado se perdía en la distancia. Algunas veces, cansado de la incesante y exagerada sobre protección del viejo, Sigfrido sentía deseos de deshacerse de el, pero no tenía las fuerzas suficientes para hacerlo, no para seguir el camino el solo; luego, cuando el viejo volvía a ocultarlo, el deseo de perfidia se perdía en el rostro del protector.

Tiempo después Sigfrido encontró una espada clavada en la entrada de una cueva, cuando la recogió el viejo intentó arrebatársela, pero el se negó a entregarla y, cortando el aire, lo obligó a retroceder. Ahora el rostro de Sigfrido delataba las rudas facciones de un hombre, ya no era el niño con la vista entre llamas, sangre y lágrimas. Cuando volteó para ver en el interior de la cueva sintió el olor del oro, ingresó mirando al anciano que lo llamaba a gritos.

Siguió el nuevo camino hasta que llegó a un río, vio una fiera bebiendo, quiso acercarse para matarla, pero el anciano lo jaló por las ropas y lo ocultó, intentó ver nuevamente a la bestia, pero en su lugar vio a una mujer arrodillada, luego un lobo, un niño, un anciano y una espada, cada uno tomando el lugar del anterior y, finalmente, se vio a sí mismo tomando la forma de las llamas. Se acercó para tocar al Sigfrido de fuego, pero en cuanto levantó el brazo la figura encendida se perdió en el agua; con sus ojos de infancia miró el agua y vio cientos de piezas de oro que la corriente arrastraba, las siguió río arriba con los ojos fijos en el agua; en ocasiones volvía la mirada y veía al anciano señalando el camino tras ellos y las paredes de la cueva. Sigfrido caminaba lentamente por en medio de la oscuridad, cuando creía ver alguna sombra volteaba la vista hacia el anciano y lanzaba un cuchillada al aire.

Llegó hasta una nueva puerta y escuchó el llanto de un niño, siguió el sonido hasta su origen y vio nuevamente al monstruo cambiante, vio sangre y llamas, con los ojos llenos de lágrimas vio a su padre arrodillado, arrojó la espada al suelo y, entre sollozos, se acercó para levantarlo, sintió un golpe en el brazo que le abrió la carne, se arrastró por el suelo hasta ver la espada junto a el. Cuando alzó la mirada vio las fauces de la bestia totalmente abiertas dispuestas a acabarlo de una sola mordida; vio al anciano parado a su lado mirándolo con tristeza.

Se tendió de espaldas al suelo y todo cubierto de sangre comenzó a llorar, observó el anillo y su espada, entendió que el viejo no lo iba a dejar nunca, pero ahora podía seguir su camino sin esperar verlo cada vez que volteara hacia atrás.